domingo, 4 de octubre de 2009

Esto no es un huevo (pero podría serlo)

A Juan Rivera Fernández, jubilado del Gobierno de Puerto Rico y, más importante aún, mi papá

[En respuesta a "La dignidad se puso a peseta (a propósito de la frase criolla “se pusieron los huevos a peseta”)" de Farash López]

No fallan. Cada vez que el pueblo de Puerto Rico, o algunos de sus sectores más vulnerables, emiten destellos de despertar de su letargo, aparecen escritores y escritoras, desde una posición pseudointelectual a intentar a desanimarlos, apagarlos y subestimarlos.

En el 2005, mi último año universitario, los grupos estudiantiles se movilizaron para evitar que se implantara un alza arbitraria en la matrícula de la Universidad de Puerto Rico. En áquel entonces ya Puerto Rico estaba sumergido de lleno en la ola del neoliberalismo salvaje y desnudo que, poco a poco, ha ido desmantelando las instituciones de servicios básicos en nuestro país. Recuerdo que, en aquel momento, ciertos auto-nominados intelectuales de la Universidad, por primera vez en muchos años, se movilizaron activamente… para atacar a los estudiantes organizados y no organizados que estaban participando de la huelga contra el alza en la matrícula.

Escribieron cartas, ensayos. Organizaron conferencias, foros en las librerías. Y organizaron, lo crean o no, una ¡¡manifestación!! La llamaron la Protesta del Libro (nótese que el punto focal era el libro, no las lectoras ni los lectores, como si el libro por sí solo significara algo que no estuviera relacionado directamente con el acto de la lectura y los efectos que la lectura pueda tener en la vida de las personas). Detrás de esa protesta la premisa era sencilla: los portones de la Universidad tienen que estar abiertos para los estudiantes que verdaderamente estudian, para aquellos que leen los libros, para aquellos “responsables” “serios” “ilustrados” estudiantes que no iban a la Universidad a gestiones políticas sino “simplemente” a estudiar. Cimentaron de esa forma una división casi inescapable. Si te ponías la camiseta del CUCA eras un paria, bruto, un animal. De esta forma repetían la homogeneización que tanto criticaban, ignorando la pluralidad de los que repudiaron el alza y que participaron en la huelga.

En la Escuela de Derecho, literalmente, no llegamos a más veinte (y estoy siendo generosa con el número) los estudiantes que públicamente apoyamos al movimiento estudiantil. Y esos casi veinte mirábamos espantados cómo se nos catalogaba como irresponsables, indignos…. Tanto así que hubo quien me sugirió que yo no tenía derecho a asistir a mi graduación. Los estudiantes de Derecho que apoyamos la huelga, nos mirábamos a las caras y reconocíamos a los mismos estudiantes que nos matriculábamos con entusiasmo en TODOS los cursos electivos que tuvieran que ver con teoría del derecho, sociología del derecho, derecho y cambio social (cursos en los que se exige de la estudiante que lea, que lea mucho)… éramos exactamente los mismos que podíamos referenciar a Hegel, de Beauvoir, Foucault, Marx, Hobbes en un trabajo legal, esos de repente, por manifestar solidaridad con los y las estudiantes que se verían afectados por el alza, teníamos que aguantar que otros estudiantes se fueran a protestar frente a la Torre de la Universidad para que, con libros en la mano, los estudiantes reaccionarios y la derecha intelectual (ver Luisa Gutierrez: 2006), nos dijeran a través de un “perfomance” que no sabíamos para qué era la Universidad. Después de esa marcha, no lo dudé. Me puse la camisa del CUCA. Y reté a quien se atreviera a decirme, con camisa puesta, que yo no respetaba a mi Universidad (la misma que fue mi hogar por más de 7 años). Nadie me dijo nada. Se callaron. Pero ya habían logrado su cometido. Se acabó la huelga, se abrieron los portones de la Universidad, se impuso el alza, y cada loca con su tema.

Recientemente leí un escrito de Farash López que me recordó todo lo que he relatado. Básicamente, la autora escribe un largo ensayo para validar los despidos en el Gobierno como “necesarios e inevitables” y para convocar a las ciudadanos y ciudadanos a hacer “nuestros propios gestores de mañanas”. De camino a ello, hace referencias fáciles, y clichosas al perfil de los empleados públicos (trabajadoras “que se pintan las uñas en el trabajo, que se pasan hablando por teléfono, que se cuentan la novela”) que las pueda hacer cualquiera en dónde sea. Más aún estas son parte de los discursos hegemónicos,por eso hay que tener cautela. .Esos estereotipos, al ser tan fáciles, se repiten tanto y tanto que se han convertido en “verdad”. Ya lo dijo R. Barthes (1986):

“ los signos de que está hecha la lengua sólo existen en la medida en que son reconocidos, es decir, en la medida en que se repiten; el signo es seguidista, gregario. En cada signo duerme este monstruo: un estereotipo; nunca puedo hablar más que recogiendo lo que se arrastra en la lengua. A partir del momento en que enuncio algo, esas dos rúbricas se reúnen en mí, soy simultáneamente amo y esclavo: no me conformo con repetir lo que se ha dicho, con alojarme confortablemente en la servidumbre de los signos: yo digo, afirmo, confirmo lo que repito”.

Dudo mucho de que si le pregunto a la autora en cuál agencia, qué día, qué hora, vio a una empleada pintándose las uñas podría contestar. Aún sí, la respuesta es lo menos que importa. Lo que importa es la repetición de lo que diría cualquier persona por ahí. Para argumentar que por eso, a las agencias de gobierno había que destartalarlas porque tenían empleados y empleadas vagas, que se “aprovechaban” de nuestro dinero (porque, claro está, siempre hay que echar en cara que algunas pagamos contribuciones)… esos que hacían sus labores de mala gana y ahora lloran por las esquinas porque los despidieron. Esas generalizaciones, lugares comunes… no son una casualidad, sino una causalidad. Resulta que a un “tipo común” se le ocurrió tirar un huevo al Gobernador. Y la tierra tembló un poquito.

Al "tipo común", Roberto García, desempleado hace cuatro años, y quien la autora sospecha que es una de las personas a quienes los contribuyentes le “subsidiamos” sus necesidades básicas, lanzó un huevo al Gobernador. No sabemos nada de las capacidades emocionales, mentales y físicas de Roberto. Sólo sabemos por lo que nos hemos enterado a través de la prensa (líder comunitario, votante del PNP, dice que no es “terrorista y mucho menos comunista”) y sabemos también, claro está, del acto: lanzó un huevo. Nunca debemos subestimar la mente del ser humano. Este hombre que mostró ser ejemplo de romper con el mito del puertorriqueño dócil. Incluso, siendo del mismo partido en el poder, se atrevió a ser crítico y mucho más aún a lanzar un objeto; aunque fuese un huevo. El huevo se ha convertido en símbolo de una muestra de tener coraje del pueblo. Esto no debe subestimarse. Ayer mismo, en medio de una vista del caso de las y los rescatadores de la comunidad de Villas del Sol, uno de los colegas se solidarizó públicamente con una de las testigos del Gobierno, quien había recibido una carta de despido. Al escuchar las palabras del compañero, la testigo comenzó a llorar, conmoviéndonos a los presentes (menos al Juez). Las cesanteadas y los cesanteados tienen cara. Están en todas partes, tienen miedo, no duermen, temen por su futuro…. Entonces, algunas tiran huevos, otros hacen desobediencia civil, otras se organizan en marchas, otros en organizaciones sociales, y otras y otros se van a sus casas a llorar junto con sus familiares y a intentar dejar a un lado la profunda vulnerabilidad a la que te enfrentas cuando te quedas sin trabajo.

En estos momentos, las mentes de Puerto Rico deberían estar escribiendo en solidaridad y empatía. Sí, solidaridad y empatía. A veces pienso que estos dos conceptos son confundidos por muchas personas como meras apelaciones a la sensibilidad únicamente. Cuando, en realidad, estamos hablando de conceptos políticos utilizados como instrumentos para lograr cambios sociales. En la medida en que yo he sido lo suficientemente afortunada de beneficiarme de un sistema , dentro del cual, he logrado acceso a la educación, a la salud y a la vivienda, debo ponerme en la situación del Otro, de quien no ha sido tan afortunado o afortunada como yo para ayudarle a obtener las mismas oportunidades que yo. Es en ese contexto en que lanzar un huevo adquiere resonancia política y social de la mayor importancia. Esa es la razón, por la cual, muchas aplaudimos la acción de Roberto. Porque mientras él hizo lo que hizo seguramente producto de su desesperación, las que no estamos desesperadas pero sí muy preocupadas expresamos un apoyo fuerte y rotundo para que Roberto y todas las personas que, en estos momentos, se encuentran en la rueda de abajo, sepan que no están solas. Que sepan que existimos personas que, aunque todavía tenemos con qué cumplir con nuestros acreedores (que para eso que es que se vive en este país), les tendemos una mano hermana. No basta con decirles que echen para adelante, que se las busquen, que no se limiten a llorar o a tirar huevos…. Hay que ayudarles en el proceso de la transición o de la decepción… para entonces ayudar a conseguirles las herramientas para que puedan acceder a una vida mejor. Insultándolos no vamos a llegar a ninguna parte como personas y menos como país. Después de todo, algunos tiran huevos, y otras escribimos. Por eso, esto no es un huevo pero podría serlo.

Como sea, tengo esperanza. En el 2005 las y los estudiantes solidarios fueron criminalizados, marginados y maltratados. En el 2009 la UPR tuvo una de las asambleas más concurridas de los últimos años para decretar un paro y emitir un voto de huelga. Los intelectuales que, en su momento, estuvieron detrás de la protesta del libro, ahora escriben para denunciar los actos abusivos e ilegales de la Fuerza de Choque en la Avenida Universidad. ¡Y sí, sí, se tiran huevos! Hay esperanza.

Referencias:

R. Barthes, "Fragmento de La lección inaugural de la cátedra de semiología lingüística" del College de France, del 7 de enero de 1977 (Siglo XXI, 1986):

Luisa Gutierrez, “La nueva derecha intelectual y la privatización de la educación universitaria en Puerto Rico”, Apuesta, No. 1, 2006.

* Agradezco la colaboración de la Nahomi Galindo Malavé en la preparación de este escrito.

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