lunes, 24 de agosto de 2015

Relatos del Hambre: Elithet

En estos pasados seis años, anualmente, y en ocasiones semestralmente, me han temblado las rodillas al preguntarme si tendré trabajo al terminarse el periodo de contratación. Mi alma se atribula cada vez que recibo llamada de alguna colega en EEUU que me insiste en que ya es tiempo de tener el espacio oportuno para llevar a cabo una carrera que me permita “avanzar”. “Regresas cuando te retires, a darte vida de la buena…” El amor obstinado, arraigado, convencido, enloquecido por esta isla, hace que haga sentido mantener la esperanza, pese a la larga espera.
 
 Hace diez años, me fui a la gran “America” a obtener un doctorado, pues mi vida laboral en ese momento me llevaba a buscar opciones de “progreso.” Recuerdo muy bien el día que me fui. Tenía la mirada nublada, cubierta de lágrimas porque dejaba atrás la vida entera. Nunca había visto nieve, y me preguntaba si mi inglés criollo me iba a servir de algo en la torre de marfil, esa dominada por hombres blancos adinerados. Tan pronto llegué me pidieron el “green card.” Ahí me di cuenta de que lo que me esperaba no iba a ser fácil. Cercana a terminar cuatro años de sacrificio, de arrastrar el cansancio de 3 trabajos, con préstamos a cuestas, sacrificio vestido de honra, de acuerdo a mi abuela, me preparaba para terminar el grado doctoral. Cada línea que se llenaba en el curriculum vita, llevaba colgando sueños viejos, la culpa por las ausencias en la vida de los míos, de las mías, y la siempre presente duda de qué pasaría cuando terminara esa etapa de vida.

Ya cuando llegaba el tiempo de buscar empleo, las oportunidades en Puerto Rico eran inciertas. No me quedó opción que buscar en “America,” donde varias universidades le daban la bienvenida a la profesora Latina, quien podría representar en los comités de inclusión y diversidad, quien podría ayudar a llenar las cuotas de reclutamiento de mujeres  y de “people of color,” y ¡encima sabía investigar! Fueron varias las entrevistas, un par de ofertas. Alguna amiga me dijo: “¿De que te quejas, mija? ¡Mira el vaso lleno!”

Pensé que había podido manejar la tristeza de no poder regresar a la isla, a hacer allí y estar con mi familia, hasta que a mi papá le diagnosticaron cáncer.  ¿Cómo me iba a perdonar no estar junto a él? El sueño de regresar se veía cada vez más lejos. Me habían ofrecido una plaza como docente en una universidad en Texas. Hice la visita a la universidad para completar el proceso de entrevista. ¡Una oferta perfecta! Se suponía que estuviera contenta. Lloré tanto en el vuelo de vuelta, que varios desconocidos tuvieron que consolarme.  Cercana a esa fecha me llamaron de Puerto Rico para decirme que era posible que me pudieran ofrecer un contrato de servicios. O sea, nada de garantías, y mucho menos beneficios, y asumiendo responsabilidades grandes. “Nada, más adelante surgirían oportunidades más estables,” recitaba una y otra vez. No lo pensé para aceptar regresar a Puerto Rico con un contrato por cinco meses. Me tocaba avisar en Texas. El decano que me había ofrecido la plaza docente hizo un silencio largo al recibir la noticia. Sorprendido con mi cambio de “chinas por botellas,” dijo que iba a dejar abierta la oferta un tiempo, para que yo me asegurara de que mi decisión había sido la más sabia. ¡Pero es que yo anhelaba, necesitaba, estar y hacer en casa! Regresé con bríos nuevos, energizada, esperanzada. Pero “las crisis” habían marchitado un poco esa energía a flor de piel, pues al cabo de un año, tuve que volver a EEUU a trabajar. Al tiempo, obstinada, regresé a la isla, y tras seis años continúo como cuando empecé, en un contrato de servicios, con sobre carga de trabajo, a veces sin paga, dejando la vida, amando sin condiciones ese espacio en el que trabajo. Y ese es el caso de muchas y muchos.  

En estos pasados seis años, anualmente, y en ocasiones semestralmente, me han temblado las rodillas al preguntarme si tendré trabajo al terminarse el periodo de contratación. Mi alma se atribula cada vez que recibo llamada de alguna colega en EEUU que me insiste en que ya es tiempo de tener el espacio oportuno para llevar a cabo una carrera que me permita “avanzar”. “Regresas cuando te retires, a darte vida de la buena…” El amor obstinado, arraigado, convencido, enloquecido por esta isla, hace que haga sentido mantener la esperanza, pese a la larga espera. Se hace más con menos, y una se siente afortunada, por el hecho de al menos tener un trabajo, como si en algo eso mejorara una injusta realidad.  Ya es demasiada la gente que tiene que partir pues lo ha querido así “un destino” con nombre y apellido y gracias a las múltiples crisis que tienen raíces estructurales profundas, indignas, mezquinas y dolorosas. A pesar del futuro incierto que se vive en todos los espacios de la vida de las puertorriqueñas, no podemos darnos el lujo de sucumbir a la impotencia. Cuando el corazón se divida, y con esfuerzo apenas se logre que en parte coexistan la rabia y la esperanza, hagamos eco… despiertas…de las palabras de Julia… somos puños cerrados. Resistamos.

 
Elithet Silva Martínez